Ministerios Consagrados
El pasaje de Levítico 8:1-3 no es un simple registro histórico de un ritual de ordenación. Es el paradigma teológico fundamental de la consagración ministerial. Establece el ADN de lo que Dios exige para un ministerio apartado y legítimo bajo Su autoridad.
El pasaje de Levítico 8:1-3 no es un simple registro histórico de un ritual de ordenación. Es el paradigma teológico fundamental de la consagración ministerial. Establece el ADN de lo que Dios exige para un ministerio apartado y legítimo bajo Su autoridad.
"Habló Jehová a Moisés, diciendo: Toma a Aarón y a sus hijos con él, y las vestiduras, el aceite de la unción, el becerro de la expiación, los dos carneros, y el canastillo de los panes sin levadura; y reúne a toda la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión." (Levítico 8:1-3, RVR1960)
Un análisis exegético de este mandato revela tres pilares indivisibles de la verdadera consagración.
1. El Origen: La Vocación Soberana (v. 1)
"Habló Jehová a Moisés..."
El primer y más crucial principio es el origen del ministerio. No comienza con la ambición humana, el talento personal, la necesidad de la congregación o una vacante en el organigrama. Comienza con la voz soberana e iniciativa de Dios.
- El ministerio no es una profesión que se elige; es un llamado que se recibe. La consagración es la respuesta obediente a una iniciativa divina. Dios es quien llama (v. 1), Dios es quien designa al mediador (Moisés), y Dios es quien establece los términos exactos (v. 2-3).
- Un ministro consagrado no se "autonombra" ni se apoya en la validación humana (Hebreos 5:4). Debe evaluar constantemente si sus acciones, motivaciones y dirección provienen de la clara instrucción de Jehová. Si el ministerio se origina en el "yo" (mi plan, mi talento, mi deseo), está contaminado desde el inicio; si se origina en "Jehová habló", posee el sello de la autoridad celestial.
2. Los Medios: La Provisión Divina (v. 2)
"Toma a Aarón y a sus hijos..." (la elección) y "las vestiduras, el aceite... el becerro..." (la provisión).
Dios no solo llama, sino que también provee absolutamente todo lo necesario para la consagración. Aarón y sus hijos no podían presentarse por sí mismos con sus propios méritos; debían ser "tomados" y equipados con elementos que ellos no poseían.
- La Purificación (El Becerro de la Expiación): Antes de ministrar, el ministro debe ser ministrado. La consagración exige el reconocimiento de la propia pecaminosidad. Un ministro no puede guiar a otros a la expiación si no ha pasado él mismo por ella. Necesita la sangre (en el NT, la de Cristo) primero para sí mismo.
- La Identidad (Las Vestiduras): Representan la santidad y la autoridad conferida. El ministro no actúa en su propia identidad "civil", sino que es "revestido" de una nueva identidad funcional y una pureza posicional que no le pertenecen. (Paralelo a Gálatas 3:27, "revestidos de Cristo").
- La Capacitación (El Aceite de la Unción): Es el símbolo inequívoco del Espíritu Santo. Un ministerio consagrado no opera en la fuerza de la carne, la elocuencia o la estrategia humana. Las vestiduras (autoridad) sin el aceite (poder) son un simple disfraz. La consagración es una dependencia radical de la capacitación del Espíritu.
- La Santificación (Carneros y Panes sin Levadura): Representan la entrega total (holocausto) y la pureza de vida (sin levadura/pecado).
La consagración no se logra, se recibe. Dios provee la purificación, la identidad, el poder y la norma de santidad.
3. La Esfera: El Testimonio Público (v. 3)
"...y reúne a toda la congregación a la puerta del tabernáculo..."
La consagración no es un acto privado, místico o secreto. Dios ordena explícitamente que se realice "a la puerta", a la vista de todo el pueblo.
- La "puerta" en el mundo antiguo era el lugar de la vida cívica: el lugar de juicio, de comercio, de anuncios públicos y de entrada a la comunidad. Al ser consagrados allí, los sacerdotes se sometían al escrutinio del pueblo al que debían servir. Su llamado y su vida dejaban de ser privados.
- Esto destruye la idea de una espiritualidad sin rendición de cuentas. Un ministerio consagrado es inherentemente público y debe ser validado por la comunidad de fe. El ministro consagrado vive con integridad visible. La transparencia no es una opción; es un requisito divino para un ministerio legítimo.
Un "Ministerio Consagrado" (del hebreo qadash: "apartar de lo común para uso exclusivo de Dios") es aquel que nace de la voz de Dios (Soberanía), es equipado por la provisión de Dios (Gracia) y se ejerce con integridad ante el pueblo de Dios (Testimonio).
El aire del Ayuno Nacional de Pastores 2025 aún vibra con la reflexión y el desafío. En el cierre de la primera jornada, la voz del Rvdo. Leonel Quiroz nos confrontó con una verdad esencial bajo el tema "Ministerios Consagrados", usando como bisturí el poderoso pasaje de Levítico 8:1-3.
Este texto, que detalla la ordenación de Aarón, no es una reliquia del Antiguo Pacto. Es el ADN, el estándar inmutable de lo que Dios considera un ministerio apartado para Él.
La palabra hebrea para "consagrar" es qadash, y significa "apartar de lo común para el uso exclusivo de Dios".
En un tiempo donde el ministerio puede confundirse con una profesión, Levítico 8 nos golpea con tres realidades de la verdadera consagración.
1. ¿Quién Inicia? La Soberanía del Llamado
"Habló Jehová a Moisés..." (v. 1)
El primer error del ministerio moderno es creer que es una carrera que elegimos. Levítico nos recuerda que el ministerio auténtico no comienza con un "yo decido", sino con un "Dios habló". No se trata de nuestra plataforma, sino de Su mandato. Un ministerio consagrado no busca su propia agenda; responde a una voz soberana.
2. ¿Cómo Empezamos? De la Expiación, no de la Aptitud
"...Toma a Aarón... el becerro de la expiación..." (v. 2)
Es revelador que, antes de recibir las vestiduras de autoridad o el aceite del poder, Dios ordenó traer la ofrenda por el pecado.
Un ministro consagrado es, ante todo, un pecador redimido. No podemos llevar al pueblo a la cruz si no vivimos arrodillados al pie de ella. La consagración no nos hace impecables, pero sí nos hace perpetuamente conscientes de nuestra absoluta necesidad de la sangre de Cristo. Nuestra autoridad no nace de nuestra aptitud, sino de nuestra expiación.
3. ¿Cuál es el Poder? El Aceite sobre las Vestiduras
"...las vestiduras, el aceite de la unción..." (v. 2)
Las vestiduras (la autoridad, el título, la posición) sin el aceite (la unción del Espíritu Santo) son solo un disfraz. El talento, la teología, la oratoria y las estrategias de crecimiento, sin la dependencia radical del Espíritu, son "metal que resuena". Un ministerio consagrado renuncia a la confianza en la carne.
4. ¿Dónde se Vive? La Integridad "a la Puerta"
"...reúne a toda la congregación a la puerta..." (v. 3)
Dios no consagró a Aarón en privado. Lo hizo "a la puerta", a la vista de todos. El ministerio no es una vida secreta. Un ministerio consagrado entiende la responsabilidad de la transparencia y la rendición de cuentas. No hay agendas ocultas. El líder apartado para Dios vive con integridad visible ante la congregación que sirve y el Dios al que rinde cuentas.
Llamado a la Reflexión
El llamado que hemos recibido no es para ser "comunes". Es para ser qadash, apartados radicalmente para Su uso exclusivo.
Que este tiempo de ayuno nos lleve a un autoexamen profundo:
- ¿Estoy operando bajo el "Dios habló" o bajo el "yo quiero"?
- ¿Dependo del "aceite" de Su Espíritu o de mis "vestiduras" (talentos y títulos)?
- ¿Mi vida ministerial y privada soportaría el escrutinio "a la puerta"?
Que Dios nos encuentre fieles; no solo ocupados, sino verdaderamente consagrados.
Autor
Director General de Comunicaciones y Relaciones Públicas de la Iglesia Pentecostal Unida de Venezuela. Desarrollador Full Stack, #DECOM, #IPUV, #UPCI
Suscríbase a los boletines informativos de Hechos Pentecostales.
Manténgase actualizado con la colección seleccionada de nuestras historias principales.